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martes, 16 de junio de 2020

Los otros migrantes invisibles


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José Dionicio Vázquez Vázquez (junio 2020) La migración internacional permanece constante, y se proyecta que seguirá su número en ascenso, pues se prevé que para el año 2050 habrá más de 400 millones, es decir, 142 millones más que en el año 2017.
En ese marco, aunque no hay cifras determinantes, se refiere que existen al menos 10 millones de migrantes internacionales “que tienen algún tipo de dificultad en sus funciones y estructuras corporales, se calcula que al menos existen dos millones de migrantes con discapacidad” (COAMEX, 2019). Donde se han estudiado migrantes con ciertas discapacidades es sobre todo los que provienen del denominado Triángulo Norte, integrados por Guatemala, Honduras y El salvador.
Investigadores integrantes de la coalición citada enmarcan las problemáticas de colectar datos en distintos puntos de México a los migrantes en tránsito, tales como Aguascalientes, Baja California, Chihuahua, Coahuila, Estado de México, Guanajuato, Hidalgo, Michoacán, Monterrey, Michoacán y Tamaulipas.
El trabajo de campo hacia los migrantes discapacitados y no discapacitados lo realizaron entrevistando a encargados de albergues, instituciones que orientan y apoyan a los migrantes como la
Comisión Nacional de los Derechos Humanos, Grupo Beta y de organismos internacionales.
Las discapacidades de los migrantes se han producido en su paso por México por mutilación al saltar del tren “La Bestia”, al sufrir disparos en el cuerpo o volcarse el camión que los trasladaba. Las afectaciones postraumáticas por tales eventos, además de las vejaciones recibidas por autoridades y población en general han producido afectaciones motrices, intelectuales, mentales y de exclusión social debido a la ingesta de sustancias prohibidas o por tener una orientación sexual diferente (Cfr.: 32-33).
Aun con la existencia de La Ley de Migración de México y Ley General para la Inclusión de las Personas con Discapacidad (LGIPD) donde se reconoce su vulnerabilidad, en la realidad las cosas son muy distintas. Actualmente es muy difícil contar con datos que den cuenta de las discapacidades que adquieren los migrantes que deportan o regresan voluntariamente a México. Lo que sí se sabe, con datos del 2014 es que un 22 por ciento de los connacionales regresan con problemas de salud mental a sus lugares de origen (Cfr.: 10).
Imaginemos ahora la situación que deberían enfrentar los padres de familia que retornan desde los Estados Unidos a Tlaxcala para reinsertar al medio educativo a sus hijos con algún tipo de discapacidad. Seguramente acudirán a los hospitales o recurrirán a médicos a tratar a sus hijos de acuerdo a sus padecimientos, y si bien saben qué hacer, las decisiones que tomen tendrán como base la experiencia adquirida como padres en los Estados Unidos, en tres ámbitos: “personal-familiar, de salud y educativo […] donde la lógica es una ruptura ideológica de la normalidad que se vive desde lo personal–familiar, la restauración que se intenta hacer de esa ruptura mediante un pensamiento mágico que confía en que la medicina todo lo puede solucionar y, finalmente, la organización de la ruptura que, desde la educación, pudiera sustituir el fracaso de la magia anterior.” (Pava-Ripoll, 2020: 17).
La forma de actuar de los padres se fundamentará en cómo manejen las situaciones a través de su capital emocional “que se refiere […] al conjunto de emociones y experiencias que definen las maneras cómo las personas se constituyen subjetivamente, así como inter-actuar, interpretar, expresar, y vivir los acontecimientos de la realidad” (ibíd. 19).
O sea, de forma similar en cómo funciona el habitus: desde las emociones aprendidas en la inculcación familiar; reflexionan de cómo van a enfrentar la realidad que se les presenta (reinsertar a sus hijos discapacitados), mediada por los sentimientos y la razón, para tener una posición social como agente con posibilidades de transformar o mantener su situación subjetiva, ante la objetividad que se les presenta (sistema escolar).
En ese orden de ideas, la investigación aplicada de Ruiz y Cedillo (2017) a niños sin discapacidad, que conviven con niños discapacitados, encontró lo siguiente: la estancia de sus hijos se verá puesta a prueba en alguna medida por la convivencia con sus compañeros sin discapacidad, aunque estos muestren una actitud positiva y neutral en aspectos cognitivos y afectivos.
En términos conductuales no se garantiza una convivencia efectiva, pero sí podría existir empatía, a menos que sus compañeros de salón tuvieran algún familiar con discapacidad. Pueden trabajar en el salón, convivir con ellos, apoyarlos en sus actividades, sentarse al lado, ir a fiestas, pueden vestirse y bañarse. Respecto a la convivencia, opinan que optan por jugar más con ellos, dependiendo de la discapacidad de cada compañero (visual y motriz, y le sigue la auditiva).
En conclusión, los niños que cuentan con atención especializada conviven mejor con sus compañeros discapacitados (Ruiz y Cedillo, 2017). Sumado a este aspecto, se debe considerar la posibilidad latente del maltrato psicológico, en sus diferentes tipos.
De acuerdo a los niveles de expresión, existen comportamientos manifiestos donde el maltrato psicológico pueden padecerlo tanto los padres de familia como los niños migrantes retornados con discapacidad en escuelas, sobre todo en aquéllas donde no existe la atención por parte de los Centros de Atención Múltiple (CAM) o Unidades de Servicios de Apoyo a la Educación Regular (USAER).
El maltrato psicológico puede ir desde la desvalorización: ridiculizando o despreciando a los actores, pasando por la hostilidad; reprochando, amenazando o insultándolos. Siendo indiferentes o evitando ser empáticos con ellos. Intimidar con gestos y posturas amenazantes, imponiendo conductas como el aislamiento social. Hacer que se sientan culpables con acusaciones y negaciones, manipulando la realidad debido a una actitud de bondad aparente (Cfr.: Blázquez-Alonso, et al., 2012).
Lógicamente, estas acciones no son privativos sólo de los niños con discapacidad, pero son los actores más vulnerables, susceptibles de recibir con mayor fuerza los maltratos. Lo más importante es considerar que la situación de los niños migrantes retornados con ciertas discapacidades aun es invisible en México y en el estado de Tlaxcala. La situación actual de contingencia sanitaria, no permite siquiera iniciar la investigación para dar voz a los actores, y ampliar la limitada casuística.


Fuentes
Informe especial sobre migración y discapacidad. Una mirada desde la interseccionalidad. Coalición México por los derechos de las personas con discapacidad (COAMEX). Consulta del 01 de junio de 2020). Disponible en https://yotambien.mx/wp-content/uploads/2019/09/COAMEX-Migracio%CC%81n-y-Discapacidad.pdf
Nora Aneth Pava-Ripoll (2020) Discapacidad y narrativas emergentes desde las experiencias maternales y paternales, Intersticios. Revista Sociológica de Pensamiento Crítico, Vol. 14 (1), España ISSN: 1887-3898.
Galván Ruiz, Jeanette Leticia; García Cedillo, Ismael (2017) Actitudes de los pares hacia niños y niñas en condición de discapacidad. Revista Actualidades Investigativas en Educación, vol. 17, núm. 2, Mayo-Agosto, pp. 1-26. Instituto de Investigación en Educación, Universidad de Costa Rica. ISSN: 1409-4703. DOI: 10.15517/aie.v17i2.28673.
Blázquez-Alonso, Macarena; Moreno-Manso, Juan Manuel; García-Baamonde Sánchez, Ma. Elena; Guerrero-Barona, Eloísa (2012) La competencia emocional como recurso inhibidor para la perpetración del maltrato psicológico en la pareja. Salud Mental, vol. 35, núm. 4, julio-agosto, pp. 287-296, Instituto Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente Muñiz, México.

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