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miércoles, 4 de diciembre de 2019

Viajar en transporte público



Por: José Dionicio Vázquez Vázquez (4 de diciembre de 2019) No hay mejor experiencia donde resalten los sentidos que subir a unas unidades de transporte llamadas por la gente “combi”, “pesera” o “totolero” (camioneta) para trasladarse a su destino.
Todas tienen una característica sin punto de quiebre: ninguna está diseñada para trasladar personas, ni para el número que deben ocupar los asientos. Los hay de tablas que casi están a la altura de los tobillos, tapados con un sarape; también existen los acolchonados, cobijados por un plástico grueso para evitar que se ensucie, pero que no evita  que en cada reductor de velocidad que pasa el transporte, la gente se recorra sin piedad hacia los lados, pisando callos, juanetes o picando los ojos del resto de personas. Los únicos que se divierten son los niños, quienes luego de caerse se levantan de un salto como si fueran de goma. 
Cuando va hasta el tope de personas la camioneta, se dice que “huele a rayos y centellas” porque la misma unidad ha sido abandonada a su suerte para que le pasen algo de agua o jabón por su caparazón o sus vestiduras. Este olor, por las mañanas se confunde con el que despiden los burócratas, obreros, amas de casa, prestos a hacer sus deberes institucionales y domésticos. La potencia llega al cenit cuando, a falta de mantenimiento mecánico, el humo que sale del escape llega a las narices de los usuarios quienes se deben cubrir sus fosas nasales con la mano o un pañuelo, haciendo que lloren los ojos cual penitencia prolongada. 
Al mismo tiempo, entra en acción el oído que no hace el trabajo de aguzarse, porque el chofer tiene la amabilidad de seleccionar la música, tan subida de volumen que no logra escuchar que la “jefa” o el “don”, deben bajar en la siguiente esquina (porque las “paradas” las deciden ellos). Espetan: “no me grite”, “no estoy sordo”, “váyase en taxi”. O de plano lanzan una mirada “matona” por el espejo para que se anden con cuidado y no maltraten el ambientazo que trae, mientras va viendo mensajes por el celular, habla a sus colegas desde su equipo de radiofrecuencia, va cambiando de volumen y de rolas que dispone para él y las que dispone para el “pasajero”; a quien casi se le inyectan de sangre lo ojos de ir viendo noticias, “memes”, videos de bromas, películas, juegos, e ir respondiendo mensajes. 
Hace algunos ayeres los pasajeros platicaban más, pero ahora, incluso quienes se trasladan desde áreas rurales hacia las urbanas ya utilizan el celular de forma despiadada, que no envidia a ningún “millenial”. Mientras la gente va distraída con las “nuevas tecnologías”, casi no se da cuenta que el “totolero” va rebasando y jugando “carreritas”. Alguno grita “¡quiero llegar vivo!”, y al chofer no le queda de otras más que “apechugar” y terminar con su diversión. 
Otra acción (el tacto) es la de pasar el dinero del pasajero para que llegue a quien maneja, y ahí se espabilan parte de los cuerpos, porque en actos que podemos denominar de contorsionismo, los brazos se desdoblan y pasan por las espaldas del respetable, rozando gafas, narices, para que en acto milagroso logre meter la mano por el cuadro o círculo metálico que separa al chofer de los “octavos pasajeros”, casi convertidos en alienígenas, debido a la odisea de su viaje. 
Quien entrega el dinero a quien va al volante, debe adivinar para dónde va el brazo y la mano de éste, porque va en constante movimiento, y entonces aquél tiene que hacer un último esfuerzo levantándose de su lugar para estirarse cuan largo es y lograr su cometido. 
Intentar la “bajada” en el “totolero”, pletórico de cuerpos, se convierte en una exploración casi selvática o el símil de una pesadilla donde previo a la pedida de la “parada”, se deben sortear al menos a diez personas de pie que intentan infructuosamente no perder el equilibrio, los lentes, la mochila, el bolso, el peinado o el maquillaje, ante los rozones de quien se le ocurrió en mala hora bajar cuando va hasta el “queque” el transporte destartalado. 
Quien logra bajar sin algún rasguño, siente que vuelve a nacer y cambia su cara distorsionada al de una llena de alegría, como si hubiese alcanzado llegar al cráter de la Matlalcuéyetl ¡uff!... Ya lo dijo Santa Cristina Pacheco “¡Aquí nos tocó vivir!


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