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martes, 23 de febrero de 2021

2021: ¿el diluvio que viene?

 


 Gabriela Vargas G.

Twitter: @Biarritz3

Sin ánimo alguno de sumarnos a la visión catastrofista que se ha sembrado en miles de personas como resultado de la pandemia, y sus secuelas, sí es indispensable conocer indicadores que nos deben preocupar y ocupar este 2021.


Lo primero a tomar en cuenta es el hecho de que no existen más los solamente problemas nacionales y que la globalización implica hacerse cargo de problemáticas que también tienen esa cualidad. Si alguien tenía duda de ello, la pandemia lo evidenció de manera contundente, ni qué decir del intento de Trump de impedir el reconocimiento de Biden como nuevo presidente de Estados Unidos, hecho que puso en vilo la estabilidad democrática del país vecino y en alerta a la comunidad mundial.


Asimismo, y aunque suene reiterativo, debemos tomar conciencia que aún estamos lejos de superar la pandemia declarada en marzo de 2020. Incluso, en algunos países señalados como referentes en su manejo, como Alemania, la segunda ola les ha azotado con mayor fuerza que la primera. Ni que decir de Inglaterra, donde la variante del Covid le ha quintuplicado los contagios desde diciembre pasado. Latinoamérica, por su parte, ha optado por normalizar la mortalidad y la crisis sanitaria, y en el peor de los casos, ocultar la dimensión del problema a su población.


La vanagloriada vacuna, si bien ha traído vientos esperanzadores, ha evidenciado la dramática brecha entre países desarrollados y los que no lo son.


Mientras en Francia y Estados Unidos se acelera la vacunación, la mayoría de los países latinoamericanos ha dado cuenta de su falta de previsión o voluntad política para gestionar con antelación un suministro mínimo que garantice mantener la propagación en límites administrables y, en consecuencia, la economía en marcha. Premisa fundamental en sociedades don-de trabajar no es una opción, es la subsistencia misma.


Las tentaciones de mayor control político se han manifestado en todas las latitudes. Los sistemas de geolocalización ciudadana implementados por gobiernos como China y Corea, so pretexto de la pandemia, llegaron para quedarse. Los intentos de Francia por monitorear con drones a su población para asegurar el cumplimiento del toque de queda, casi logra su cometido. Y en Estados Unidos, baluarte de la democracia, un presidente populista convocó a la desestabilización, empeñado en mantener un poder que las urnas le negaron.


Latinoamérica nos brindó también casos emblemáticos: La clase política pe-ruana, incómoda por la popularidad creciente del entonces presidente Vizcarra, por su manejo de la crisis del Covid, decidió destituirlo con un argumento, hasta ahora no probado, de posible corrupción.


Sin embargo, la movilización de la población a nivel nacional logró, cuando menos, la designación de un presidente interino que de cauce a lo que ya se avecina, un complejo proceso electoral en abril próximo.


México, por su parte, pasó de minimizar la pandemia a administrar defunciones. Con 143 mil muertos hasta ahora, se ha convertido en el cuarto país con más mortandad en el continente, según datos de la Universidad Johns Hopkins, sólo detrás de Estados Unidos y Brasil. Si ello no fuera suficiente, la sociedad mexicana estará imposibilitada a conocer gran parte de la información vinculada a la pandemia (tratamientos, contratos, pruebas, vacunas, costos, etcétera), porque ha sido clasificada como reservada y/o confidencial por el gobierno.


Quizá por ello el presidente Obrador ha anunciado desaparecer órganos autónomos de relevancia nacional, como el Instituto Nacional de Acceso a la Información y Protección de Datos Personales (INAI), y el Instituto Federal de Telecomunicaciones (IFT). El primero responsable de garantizar la Transparencia gubernamental, y el derecho de la ciudadanía a acceder a dicha información; y el segundo, responsable de regular la competencia en el sector de las telecomunicaciones, y de otorgar y revocar concesiones en servicios de televisión, radio y telecomunicaciones.


Ambos organismos especializados, en conjunto, son garantes del derecho a la información y la libertad de expresión, derechos fundamentales en toda sociedad democrática.


Llama la atención que en todos los países se observan preocupantes regresiones, la opacidad comienza a ganar terreno nuevamente. Tras el velo que el miedo y la enfermedad han esparcido por el mundo, los gobiernos se escudan en estados de excepción o de emergencia, para ejecutar acciones que en otro tiempo hubiesen sido calificadas como arbitrarias a todas luces. El ejemplo del Ejecutivo en México promoviendo desaparecer instituciones que son contrapeso a su actuación es muestra de ello. La pandemia está siendo un caldo de cultivo para la regresión de nuestros derechos.


En Latinoamérica se ha utilizado de manera recurrente el argumento de la confidencialidad para ocultar los sobreprecios que se están pagando por las vacunas, precios que en casi toda Europa son públicos y a los que, paradójicamente, la industria farmacéutica no ha impuesto cláusulas para su difusión. A la población no le interesa la fórmula de la vacuna, pero tiene derecho a saber la cantidad de dinero público que se tiene comprometido para dichas compras.


Esto, que debiera ser una actuación de oficio del gobierno, ha sido materia de debates que creíamos superados en todo el continente, lo que despierta sospechas fundadas de corrupción en la cadena de compra y distribución.


México, además, ya se encuentra en medio de un proceso electoral federal y local que ya inició con tensiones: la resistencia de los partidos políticos para pro-mover las candidaturas de las mujeres, a pesar del principio constitucional de la paridad; los retos que implicarían las campañas virtuales o presenciales en un contexto de pandemia; y los ataques constantes del Ejecutivo al órgano autónomo responsable de organizar las elecciones en nuestro país, y de fundamental importancia en nuestra democracia: el Instituto Nacional Electoral (INE).


Como corolario, no podemos obviar la gravedad del incremento de la violencia contra las mujeres en todos los ámbitos, y en todo el mundo. El aumento de los feminicidios, la sobrecarga laboral, las defunciones por encontrarse en la primera línea de cuidado del contagio, y el golpe económico por trabajar la gran mayoría de mujeres en el mercado informal, dejó manifiesta la discriminación histórica que ha vivido la mitad de la población, discriminación que la crisis develó y acentuó.


Ante este escenario no podemos quedar-nos inmóviles. Del tamaño de la tragedia debe ser el aprendizaje. Salir de esta coyuntura como llegamos a ella sería fatídico para nosotros y las próximas generaciones. No es negar el miedo y la zozobra. Es aprender a vivir con ello.

Tenemos la posibilidad de reinventarnos como personas y como comunidad. No podemos seguir esperando que acabe la pandemia, la corrupción, o llegue una nueva clase política salvadora. La historia nos ha enseñado que así no se suceden los cambios. Nuestra educación y desarrollo ya no puede improvisarse, tampoco nuestras elecciones políticas. Nuestro activismo ecológico debe reflejarse en nuestro medio ambiente, y nuestra crítica política no debe limitarse a las redes sociales, de lo contrario, en ese mismo ámbito se quedará atrapado nuestro males-tar y nuestras buenas intenciones. Churchill, retomando a Bismarck, dijo en alguna ocasión “Un estadista toma las decisiones, no pensando en las siguientes elecciones, sino en las futuras generaciones”. Ustedes, ¿qué opinan?

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