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martes, 3 de abril de 2018

POR SIEMPRE MARIPOSA I

Por Rafael Reséndiz


Como parte de la llamada Generación X, me tocó presenciar, en 1991, el lanzamiento de la World Wide Web y tiempo después enterarme que el Internet había alcanzado los mil cien millones de usuarios en todo el mundo. Un hecho que para muchos de mis contemporáneos no fue fácil adaptarse.


Acostumbrados como estamos a platicar de frente con nuestros familiares, amigos y conocidos, así como a realizar negocios, esta revolución tecnológica trastocó en gran medida el estilo de vida de los nacidos entre 1965 y 1981. Poco a poco los teléfonos móviles y las redes sociales se han convertido en parte esencial de nuestra interacción con el resto del mundo.


Al inicio fue engorroso conectarse al internet. Usar la línea telefónica para conectarse implicaba dejar sin servicio de voz al resto de la familia o la oficina. Marcar el número asignado por Telmex y escuchar los ruidos característicos del módem para saber que, luego de varios intentos, ¡por fin estábamos “en línea”!


Con un poco de suerte podíamos navegar por la red mientras no “se cayera” la inestable conexión o que alguien descolgara el teléfono para hacer una llamada.


Con el paso de los años fue más sencillo conectarse a la red. Los teléfonos móviles se convirtieron en un aliado en este vertiginoso mundo del internet.


La red nos ofreció un mundo de posibilidades para divertirse y para buscar a nuestra media naranja. Aceptémoslo, varios de nosotros subimos un perfil en esos sitios que ofrecían hallar a la persona adecuada.


Badoo, Match, Be2, etc., eran los sitios en donde por curiosidad llené un perfil. Luego de uno o dos días de estar en línea recibí varios mensajes de mujeres a las que les interesó contactarme. Accedí a mantener contacto con aquellas cuyo perfil me inspiró confianza.


Así como me interesaba entablar amistad con gente de mi ciudad o de otra parte del país, también me interesaba saber más de otros temas. Uno de ellos fue el de la violencia intrafamiliar. Entre tantos sitios que existen sobre el tema, encontré uno al que decidí suscribirme para saber un poco más y quizá para dar mi punto de vista. El estar suscrito al sitio te daba el derecho a tener un blog el cual use para escribir sobre el tema, pero también plasme versos de mí autoría; compartí poemas famosos, etc.


Gracias a esto una de mis amigas virtuales comenzó a ser constante en sus visitas. No había una hora en específico para conectarnos en el chat de la página, pero causalmente cuando me conectaba ahí ya estaba Ana. Así, casual.


Charlamos de todos los temas que se nos ocurrían. Fueron platicas tan amenas que el tiempo se iba más rápido que de costumbre. Gracias a esas conversaciones supe que a Ana le gustan las mariposas; que el color lila es su preferido, entre otras muchas cosas.


La confianza mutua creció y la curiosidad por conocerla personalmente lo hizo a la par. Mas no sabía cómo plantearle el tema a Ana.


Por coincidencia, en aquellas fechas tenía que hacer mi visita al médico que se encontraba en la Ciudad de México. Ya se acercaba la cita y decidí jugármela. Como ya habíamos intercambiado nuestros números de teléfono, le marqué y le comenté que como cada último viernes del mes tenía que ir a mi cita con el doctor. Con la voz temblorosa y las manos igual, la invité a que nos conociéramos el día de mi cita con el doctor.


No hubo que esperar mucho, la respuesta fue un gran “¡sí, por supuesto!, desde hace un tiempo pensé en pedírtelo”. Ya más sereno le sugerí que nos viéramos a la entrada del hospital una hora antes de mi cita. Aceptó y solo me puso una condición. Que cuando la reconociera solo me parara frente a ella y la abrazara. ¡Me resultaría tan difícil!


Llegué unos minutos antes de las 10 de la mañana al hospital. Parado en la entrada del edificio de consultorios mire a todos lados. No la vi. Aproveche para subir rápidamente al consultorio para “formar” mi carnet. Justo antes de bajar miré por el ventanal hacía la escalera donde nos habríamos de ver. ¡Ahí estaba ya!


Baje con calma las escaleras de los dos pisos del edificio. Me confundí entre la gente que entraba y salía para que no me viera. Quería sorprenderla. Unos metros antes y oculto tras una reja la mire. Ataviada con chamarra café, blusa blanca y pantalón de mezclilla. Cabello negro suelto que le llegaba al hombro. Esa sencillez aunada a su ligero maquillaje me gustó.


Salí de mi escondite y camine hacia ella. Distraída, no se percató cuando me paré frente a ella. Luego de un instante me descubrió y una sonrisa se dibujó en su rostro apiñonado. También le sonreí al tiempo que la abracé como me hizo prometerle.


¡Ah, qué sensación!


Su cálido cuerpo y su aroma me cautivaron.

….


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