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lunes, 22 de marzo de 2021

El gran hermano nos vigila

 

Por David Cabrera Canales, analista y profesor de tiempo completo de la Universidad Autónoma de Tlaxcala. 

En el libro de George Orwell, —cuyo verdadero nombre era Eric Arthur Blair—titulado 1984, posiblemente para la mayoría, el título en este momento no signifique mucho, pero si nos trasladamos a la época en la que fue escrita la novela, que fue en el año 1948.  


Orwell profundizó en su obra 1984 sobre los gobiernos totalitarios, cuyo líder máximo de ese régimen es el gran hermano, una entidad que está presente en todas partes y que vigila a través de cámaras distribuidas por todos lados, se trata de un mundo adormilado en el que la censura es uno de los males necesarios para que todo mundo sea “feliz” y productivo. 


Esta obra nos sorprenderá por la imaginación creadora del autor al presentarnos una visión de futuro en la que hoy nos encontramos inmersos, posiblemente sin darnos cuenta de todos los cambios y avances a los que nos hemos enfrentado durante nuestra vida, cambios y avances que nos han servido, pero que como consecuencia hemos tenido que pagar un alto precio con la pérdida de libertades; la más importante, nuestra privacidad.


Hoy como sociedad podríamos decir que estamos adormilados e inmersos la mayor parte de nuestras vidas en internet y en las redes sociales digitales (RRSSDD), hoy también tenemos un gran hermano (el Estado, pero también las grandes empresas) que nos vigilan todo el tiempo. 


Hoy nos encontramos inmersos en una sociedad de la información y la comunicación, existen infinidad de maneras de informarnos y de comunicarnos, unas buenas y otras no tanto. 


Si de comunicación hablamos, podemos mencionar a la múltiple cantidad de medios de comunicación, tanto impresos como digitales, a nivel internacional, nacional y local, pero también debemos de considerar la comunicación que se da a través de las instituciones creadas por el Estado para atender los requerimientos de la Sociedad y que están obligadas por Ley a informar —que finalmente también es comunicar— sobre sus acciones y decisiones. 


Debemos considerar que somos una sociedad que ha pasado de ser consumidores de información a ser prosumidores, es decir, productores y creadores de ésta. Hoy cada persona es un comunicador y productor de información, los teléfonos inteligentes nos permiten generar contenido, transmitirlo in situ, en tiempo real mucho antes que los medios de comunicación; hoy, cada persona con un teléfono inteligente es un reportero potencial.  


En cuanto a la información, hoy tenemos a nuestro alcance distintas formas y maneras de obtener información —en ocasiones no tan de buena calidad— por un lado, el acceso a las plataformas digitales de los medios de comunicación, pero también a través de las denominadas redes sociales digitales (RRSSDD), que son medios de dos vías, en los que podemos interactuar con un universo amplio de personas e instituciones de todo el planeta. Por medio de las RRSSDD podemos saber sobre diversos temas de nuestro interés, podemos seguir y ser amigos de personas que solamente conocemos y conoceremos de nombre. 

También está la información generada y creada por las instancias del gobierno, la información pública y a la que tenemos el derecho acceder de forma libre, con la ayuda de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), como son los portales de internet de las instituciones y/o la plataforma nacional de transparencia.


¿Qué ganamos y qué perdemos con toda la información que obtenemos y que a su vez otorgamos? Por una parte, ganamos ser una sociedad más informada, por tanto, más conocedora de nuestro entorno y de nuestros derechos y por consecuencia más exigente. Por otra parte, perdemos nuestros datos personales que son el petróleo de la actualidad. Por ejemplo, para poder hacer uso de las redes sociales digitales como Facebook, Whatsapp, YouTube, Instagram, Twitter, Telegram, TikTok, que todas son “gratuitas”, ¿qué es lo que estamos otorgando a cambio? 


Lo que otorgamos son nuestros datos personales como: nombre, apellidos, domicilio, correo electrónico, número de teléfono, edad, sexo, estado civil, foto y otros datos más, ese es el precio que estamos pagando por el uso de la tecnología y del internet. 


Los servicios de las redes sociales digitales y de las aplicaciones que tenemos en nuestros teléfonos inteligentes en su mayoría son gratuitas, pero pagamos al dar de manera voluntaria nuestros datos personales. Muchas de las aplicaciones no garantizan la protección de los datos y en muchas de las ocasiones comparten nuestra información con terceros y esto puede generar violaciones a nuestros derechos humanos y con ello discriminación


Para muestra, hay aplicaciones en las que compartimos información sobre nuestra salud, datos personales sensibles que pueden ser compartidos con terceros de forma no autorizada; por ejemplo, con compañías de seguros médicos. De manera que al intentar contratar un seguro ya cuentan con un perfil médico nuestro y por consiguiente si padecemos alguna patología por la cual nos la puedan negar.


Cada que compartimos información personal, estamos cediendo un espacio íntimo a empresas y al gobierno, al gran hermano del que nos hablaba George Orwell en su obra 1984, nuestra privacidad se ve afectada y se transgrede continuamente, muchas de las ocasiones con nuestro consentimiento; sin embargo, no podemos aislarnos de la comunicación, de la información y de la tecnología, de hacerlo nos volveríamos ermitaños digitales en pleno siglo XXI, época de la cuarta revolución industrial, en la que está presente el big data, el internet de las cosas y la inteligencia artificial. 


El precio es alto, pero hemos estado dispuestos y prestos a pagarlo. 


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