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martes, 10 de septiembre de 2019

Extracto 1: Máscaras, smartphones y cómo los humanos nos relacionamos con la tecnología.


Por: Guillermo Emmanuel Pérez Ramírez
La palabra persona tiene su origen en el arte romano del siglo I antes de Cristo, específicamente, nace en medio de las representaciones teatrales. Los actores romanos retomaron la costumbre que tenían los griegos de salir al escenario, cubierto el rostro, con una máscara. Dicho accesorio cumplía una doble función: primero, era una manifestación física que ayudaba a representar lo que actualmente llamamos el personaje, el papel que el actor desempeña en la obra; segundo, permitía amplificar el sonido de la voz humana debido a la forma en la que el aditamento estaba diseñado y construido. Gracias a esto, la limitada voz de un individuo en el escenario podía expandirse por el anfiteatro y ser escuchada por todo el público. 
La mascará usada por esos actores fue llamada persona, del latín, per sonare, sonar a través de, y ha pasado de esa forma primigenia hasta su significado actual. Los seres humanos seguimos siendo los actores en medio de la gran comedia (o drama) del mundo, y para interpretar nuestros papeles, aún nos valemos de creaciones artificiales para mejorar nuestro desempeño, sólo que nuestra máscara ahora es digital y está construida con cables, microchips, y wi fi. Los medios para magnificar nuestras voces, y que éstas sean escuchadas por todo el mundo, ya no se basan en cajas de resonancia, sino en aparatos electrónicos interconectados unos a otros durante todo el día, el zumbido en masa de esta conectividad es lo que llena ahora nuestro particular anfiteatro. La única diferencia estriba en que la delgada línea entre público y actores parece difuminarse estos días, ya un momento nos toca ocupar la palestra y ser los protagonistas de la conversación, para después regresar a nuestros asientos y pacientemente recibir la información que los otros envían, transmiten a través del aire electrificado hasta nosotros. Así, una y otra vez, el intercambio de información, de datos, marca nuestra cotidianidad. Yo para todos, todos para mí.
La relación que los seres humanos han tenido con sus creaciones de índole técnico se remonta a los albores mismos de su historia, “podría decirse que el día que se manifestó por primera vez en los antropoides un gesto técnico, aquel día nació el que hoy llamamos hombre”; ya Sigmund Freud hacía mención a esta peculiar unión, seguramente originada como una vía para compensar la fragilidad física con la cual el hombre llega al mundo: “con las herramientas, el hombre perfecciona sus órganos  -tanto los motores como los sensoriales – o elimina las barreras que se oponen a su acción”. Los lentes corrigen los desperfectos de nuestra visión, los telescopios y microscopios la mejoran, nos llevan a ver cosas que naturalmente nos estarían veladas: estrellas a años luz de distancias, infinidad de microorganismos que pululan en nuestros cuerpos. Palancas, poleas, motores nos proporcionan fuerza para modificar el escenario natural y adaptarlo a nuestras necesidades. Las máscaras de los griegos y los romanos permitieron que nuestras voces fueran escuchadas por decenas, tal vez cientos de personas, ahora los smartphones, computadoras, tablets y demás medios electrónicos cumplen esa función, pero con una intensidad mucho mayor. 
Durante su proceso evolutivo, la humanidad tuvo que competir contra grupos de animales mejor adaptados biológicamente a su entorno, sin embargo, nuestra especie tuvo un cúmulo de progresos únicos entre todos sus competidores que permitieron su subsistencia, destaco dos: 1) la liberación de las manos de la función propia de la locomoción, con la cual éstas se fortalecieron y pudieron afinar su eficacia en el manejo de herramientas; y 2) El desarrollo del cerebro, con lo cual se complejizó e hizo más lúcido y rápido en la toma de decisiones. Estas dos circunstancias devinieron en el empleo de armas artificiales para la caza y la defensa, su extraordinaria eficacia supuso el cambio paradigmático. El avance continuó, del empleo de herramientas se pasó a la confección y perfeccionamiento de las mismas. Conviene aclarar que los seres humanos no son las únicas criaturas que se valen de instrumentos, sin ir más lejos, podemos encontrar ejemplos claros de fabricación y utilización de estos en nuestros parientes más cercanos a la especie: los monos y los grandes simios. Sin embargo, “aunque los primates son lo bastante <<inteligentes>> como para utilizar utensilios, su anatomía y modo normal de existencia les impiden desarrollar amplias tradiciones de utilización de utensilios”. El constante desarrollo de nuestra relación con la técnica y sus productos ha sido el punto de toque no sólo para asegurar nuestra supervivencia en este mundo, sino que ha venido a ser parte fundamental de nuestra misma esencia como seres.
Ahora bien, que la relación humano-técnica/herramienta este fuertemente afianzada en nuestra historia, no significa que la técnica sea el aspecto o elemento definitorio de la humanidad. Así se expresa Lefranc Weegan al respecto: 
“Las manifestaciones técnicas no definen al ser humano sino el momento histórico. La rueda, la máquina de vapor, las naves espaciales o la telefonía celular no han transformado en realidad al ser humano.
Es decir, la capacidad técnica caracteriza al ser humano pero no lo determina; no somos los seres del espacio, como no fuimos antes los autómatas mecánicos”
Lo humano sobrepasa la esfera de lo simplemente técnico, no podemos reducir la experiencia humana a los aportes que vienen de ese campo. Es innegable su aporte para facilitar nuestras vidas y otorgarnos mayor confort, pero sería un error ponerlas como la única solución a todos nuestros problemas y encumbrarlas en el centro de nuestra existencia.
Fuentes de consulta: Vélazquez, José M., “Curso elemental de psicología”, Compañía General de Ediciones, S.A., Vigésima octava edición, México D.F., 1980, p. 383./ Galimberti Umberto, “Los mitos de nuestro tiempo”, Debate, Barcelona, 2013, p. 231./ Freud, Sigmund, “El malestar en la cultura”, Alianza Editorial S.A., tercera edición, Madrid, 2013, pp. 88 – 89/ Morris, Desmind, “El mono desnudo”, Debolsillo, México D.F., 2012. / Harris, Marvin, “Antropología Cultural”, Alianza Editorial S.A., Tercera edición, Madrid, 2011. P.52 / Lefranc Weegan, Federico, “Los sujetos de la SIC”, en Derecho y TIC. Vertientes actuales, UNAM, Instituto de Investigaciones Jurídicas, México, 2016, p. 36. Disponible en: https://biblio.juridicas.unam.mx/bjv/detalle-libro/4065-derecho-y-tic-vertientes-actuales 

*Extracto y edición del primer capítulo de mi proyecto de tesis sobre derechos humanos y tecnología. 

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