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miércoles, 19 de enero de 2022

Trienio de las ilusiones y las elecciones

 


Leopoldo Rodríguez Aranda*

México en Vilo


2022 inicia con la lógica de gobierno que ya todos conocemos –y padecemos--: un presidente en eterna campaña, una economía débil y con señales preocupantes que anuncian una crisis, una pandemia que, a diferencia del ánimo y gusto presidencial, muta y no permite crear esperanza de su fin, violencia y delincuencia creciente que todos sentimos, vivimos y nos hace víctimas, y un sinfín de temas adicionales que a todos preocupan pero que quedaron finalmente representados en esa estatua derrumbada y decapitada.


Llevamos tres años esperando con ansia la transformación histórica del país, esa que pueda quedar grabada en los libros de texto junto con la Independencia, la Guerra de Reforma y la Revolución, y que diera lugar a nuevas prácticas del poder, a una sociedad mas justa, igualitaria y fraterna. Para ello sabemos por esos mismos episodios de la historia, hay que pasar necesariamente por un rediseño casi total de nuestros sistemas político, de partidos y económico pero no hemos visto nada que permita anunciar que esos sistemas ya son o serán otros.


Las acciones de gobierno están más bien en el mundo de las ilusiones, en las ideas que a diario se escuchan desde Palacio: vamos bien y de buenas, ya bajó la violencia, los homicidios (¿será que la población que vive en los estados y municipios más violentos del país –incluidas zonas de la CDMX—creen semejante cosa?), la economía está creciendo y vamos a llegar al seis por ciento de crecimiento anual prometido, la gente está feliz, feliz, feliz con sus pensiones, apoyos, becas; los adversarios, los conservadores, los fifís ya no saben que inventar para manchar esos logros porque lo que no mancha, tizna.


Y así puede seguir la retahíla de epítetos, calificativos y autocomplacencias sin que la realidad pueda ser ocultada. Hay malestar en sectores y personas que al manifestarlo son tachados de ciegos, de apoyadores de los de antes, pero se respira en muchas regiones ese tufo a que algo no está bien y que ya no será tan sencillo que el presidente y Morena refrenden sus triunfos electorales.


El año que inicia habrá, otra vez, elecciones. Marcadas y manchadas, ahí sí que aplica el calificativo, por la revocación de mandato que no acaba de entenderse como ejercicio democrático de medición de inconformidad sino más bien de popularidad y preparativo previo a la jornada electoral de junio. Las encuestas señalan que Morena ganaría casi todas las gubernaturas y una buena cantidad de ayuntamientos y legislaturas locales, pero también sabemos y percibimos que en el cuartel de este partido hay preocupación porque el electorado mexicano es muy volátil y hay evidentes señales de inconformidad, de ilusiones que no resultaron promesas y de promesas que no fueron cumplidas.


Y en este escenario tan confuso y provocativo hay una cuestión fundamental: ¿por qué si estamos con resultados tan pobres y poco halagüeños, la población sigue otorgando confianza y apoyo al presidente? Según la página web de Presidencia, el año cierra con 72 por cierto de aprobación para el titular del Ejecutivo federal. De ser cierto y no estar “cuchareada” esa medición, la pregunta toma cauce real.


La primera explicación que a todos nos gana es la obvia: las transferencias económicas directas están detrás de esa popularidad. Pero por obviedad no aplica que la respuesta más sencilla es la mas convincente. Apoyos vía programas sociales hemos tenido en forma intensiva desde el PRONASOL de inicios del decenio de 1990 y hasta 2018, año en que todo cambió, y las muestras de descontento no se ocultaban. Es más: el CONEVAL demostró que el actual gobierno apoya a menos personas y familias que los anteriores programas.


Otra explicación evidente es la fortísima e invencible campaña mediática del presidente. La puesta a cuadro todos los días a las 7:00 am es tan efectiva que llega a toda esa masa popular de apoyo al presidente, les dice lo que entienden y les gusta escuchar. No puede negarse lo estratégico de esta acción comunicativa y cómo ha puesto en el lenguaje popular ideas e ilusiones: el combate a la corrupción, los ahorros vía recortes presupuestales y de personal, la constante campaña contra los políticos del pasado en particular, contra Carlos Salinas y Felipe Calderón. Está claro que la campaña mediática es muy efectiva porque tiene como base un trasfondo moral, por eso el cuidado que ha tenido AMLO -desde el año 2000- de que no lo involucren o encuentren en actos de corrupción, desvíos de recursos y favoritismos a su persona o familia, porque allí tiene base su imagen inmaculada.


La explicación más escatológica es la que señala que el apoyo tiene fundamento en la estupidez de la gente, de ese enorme sector de la población que califica como analfabetos funcionales (término acuñado por Gilberto Guevara Niebla) y que no tienen forma de pensar críticamente y solo guiarse por la satisfacción que les produce recibir un apoyo y escuchar las condenas presidenciales a todos aquellos políticos del pasado que culpan de sus desgracias y no es para menos pero tampoco para más.


El segundo tramo del sexenio es predecible. Seguiremos atestiguando las mismas formas, opiniones y resultados que hasta ahora se han visto. Y también seguirá el marasmo de la oposición, entrampada en sus propios vicios y actitudes que los llevaron a casi desaparecer en 2018. Y por supuesto que la transformación histórica ocurrirá… pero en otro momento y con otros personajes.


Esta columna de opinión forma parte de la edición 54 de Expediente Político.Mx



*Director General de GESEC, S. C.

Twitter: @leoroara


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