Karen Sharon Matínez Velázquez (Tlaxcala, 4 de junio de 2019) El día de ayer vimos muestras de agrado y otras de espanto al saberse que en Ciudad de México se implementaba el uniforme neutro en sus escuelas.
¿Qué significa esto? Que niñas y niños tienen la posibilidad de vestir como mejor les plazca: con falda o pantalón. Sin que portarlo, al ser hombre o mujer, les impida entrar a la institución.
Tu sexo ha dejado de determinar tu ropa escolar. ¡Qué agradable noticia! Pues quienes, como yo, han sufrido las inclemencias del clima en temporada de invierno, recordarán cuánto anhelábamos y envidiábamos a nuestros compañeros que vestían pantalón en esa temporada.
Simplemente, a la hora del recreo, ellos podían jugar sin problema, cómodamente; mientras nosotras nos hacíamos a la idea de enseñar los calzones y superábamos la pena, nos movíamos de forma limitada; o -peor aún- preferíamos no participar en los juegos.
Quienes comprendan esto, sabrán todos los años que hemos transcurrido añorando este cambio, que aunque se limita a la CDMX, nos alegra pensar en nuestras niñas más cómodas y libres en su segundo hogar.
Pero saben qué es de llamar la atención; que el tema se ha centrado en los hombres, en el escándalo de la posibilidad de que un niño use falda.
¡Ése es el escándalo, el susto, la resistencia! La posibilidad de la feminización del macho. Y los periódicos y muchos de mis contactos en Facebook incluso lanzan la pregunta al aire… ¿tú llevarías a tu hijo con falda?
¡Diablos! ¡Qué reduccionistas somos! Nuestra mente está bien estructurada desde el androcentrismo; es decir toda iniciativa, aunque pareciera vana (porque la equidad de género no se trata de la ropa, pero reconozco que sí apoya a la pluralidad), ha de analizarse desde el hombre.
¿Por qué incluso en este tema se habla del escándalo del hombre feminizado? ¡Qué horror!
¿Saben que provoca eso? Repudio y banalización de las necesidades sociales y reales de las niñas en un espacio público como la escuela. Como si, no existiera el acoso entre pares y el hostigamiento por parte de profesores, o esas “bromas” de levantarles la falda.
También banaliza y predispone el rechazo a la diversidad de la comunidad LGBTTTIQ+. Es como el corolario de las actitudes que hemos de tomar si vemos a un niño con falda.
Además de la capitalización del orgullo de quien por llamarse progresista, abierto y demás quiera postear fotos de su hijo con falda, presumiendo su deconstrucción como menciona Karina Vergara Sánchez en su imagino ya viral escrito en Facebook: los discursos progres en columnas y en las redes se llenan de gente diciendo cómo defenderán el derecho de su hijo, de su niño, a portar falda, cómo lo están animando a adquirir esa prenda para su uniforme y cómo se sienten orgullosos de su varoncito deconstruido y se llenan de likes y de aplausos con esa posibilidad de “perfomance”. Nuevamente, la historia, el contexto y las necesidades concretas de las niñas se silencian y se invisibilizan. ¡Qué lleno de purpurina es el machismo progre que todo lo capitaliza!
¡El progresista de lata! ¡El aliado hijo del capital! ¡Nunca antes la deconstrucción fue tan fácil como adquirir una falda o como un post a favor en tu muro! ¿quieres aportar? ¿quieres ser aliado? ¡Cierra la boca! Pues el feminismo y la equidad no es el derecho a usar pantalón en el uniforme ni tu aprobación en un post.
Es, bajo este contexto reconocer ¿el por qué es necesario que este cambio se lleve a cabo? ¿Por qué se hizo necesario? Y ¿por qué no ocurrió antes? Y sobre todo ¿por qué provoca tanto ruido aún hoy, en pleno 2019, esta medida? O ¿Por qué crees que por apoyarla mereces un altar, un reconocimiento o cientos de likes?
¿Será tal vez que estás banalizando a un punto tal la equidad o la deconstrucción que estás a nada de convertirlo en un producto? ¿Será que no has entendido que cualquier acción sin el recuento del por qué pierde sentido?
Ni el feminismo como producto ni aprobación del macho, ni el aliado de falda. Prefiero una sociedad reflexiva que sea capaz de reconocer las verdaderas necesidades de las principales beneficiarias y celebre el fin de las historias de limitaciones en los juegos del recreo de nuestras niñas. ¡Qué bonito!
Hay quien señala que había otras cosas más importantes que atender y puede ser cierto, pero lo que disfruto de pensar a mis hijas con un uniforme que les permita expresarse y moverse a placer, que no deberían estas realidades estar condicionadas a la ropa ¡es cierto! Pero ¡oye! Estamos dando pasitos a una sociedad cada vez más abierta. ¡Celebremos sin banalizar!

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